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normale


rallentato


II.- Llegada al pueblo
II.- Die Ankunft im Dorf

Ya era entrada la mañana cuando la diligencia partió para Alcolea. El día se preparaba a ser ardoroso. El cielo estaba azul, sin una nube; el sol brillante; la carretera marchaba recta, cortando entre viñedos y alguno que otro olivar, de olivos viejos y encorvados. El paso de la diligencia levantaba nubes de polvo.
En el coche no iba más que una vieja vestida de negro, con un cesto al brazo.
Andrés intentó conversar con ella, pero la vieja era de pocas palabras o no tenía ganas de hablar en aquel momento. En todo el camino el paisaje no variaba; la carretera subía y bajaba por suaves lomas entre idénticos viñedos. A las tres horas de marcha apareció el pueblo en una hondonada. A Hurtado le pareció grandísimo. El coche tomó por una calle ancha de casas bajas, luego cruzó varias encrucijadas y se detuvo en una plaza delante de un caserón blanco, en uno de cuyos balcones se leía: Fonda de la Palma.

—¿Usted parará aquí? —le preguntó el mozo.
—Sí, aquí.
Andrés bajó y entró en el portal. Por la cancela se veía un patio, a estilo andaluz,
con arcos y columnas de piedra. Se abrió la reja y el dueño salió a recibir al viajero.
Andrés le dijo que probablemente estaría bastante tiempo, y que le diera un cuarto
espacioso.

Nun begann der Morgen, als die Postkutsche nach Alcolea abfuhr. Der Tag bereitete sich vor, glühend zu werden. Der Himmel war blau, wolkenlos, die Sonne glänzend, die Landstrasse ging gerade aus, unterteilte Weinberge und die eine oder andere Olivenbaumpflanzung mit alten und krummen Olivenbäumen. Die Durchfahrt der Kutsche wirbelte Staubwolken auf. Im Wagen fuhr nur eine schwarz gekleidete Alte, mit einem Korb am Arm mit. Andrés versuchte, mit ihr zu plaudern, aber die Alte war wortkarg und hatte in jenem Moment keine Lust zu reden. Auf dem ganzen Weg wechselte die Landschaft nicht; die Landstrasse ging über sanfte Hügel zwischen völlig gleichen Weinbergen hinauf und hinunter. Nach drei Stunden Fahrt erschien das Dorf in einer Mulde. Hurtado erschien es sehr gross. Der Wagen bog in eine breite Strasse mit niederen Häusern ein, dann überquerte er verschiedene Kreuzungen und hielt auf einem grossen Platz vor einem riesigen, weissen Haus an; an einem seiner Balkone las man: Fonda de la Palma. „Sie steigen hier aus?“, fragte der Bursche.
„Ja, hier.“
Andrés stieg aus und trat durch das Tor. Durch das Türgitter sah man einen Hof in andalusischem Stil, mit Bogen und Steinsäulen. Das Gitter öffnete sich und der Besitzer erschien, um den Reisenden zu empfangen. Andrés sagte ihm, dass er möglicherweise länger bleibe und dass er ihm ein geräumiges Zimmer geben solle.

—Aquí abajo le pondremos a usted —y le llevó a una habitación bastante grande,
con una ventana a la calle. Andrés se lavó y salió de nuevo al patio. A la una se comía. Se sentó en una de las mecedoras. Un canario, en su jaula, colgada del techo, comenzó a gorjear de una manera estrepitosa. La soledad, la frescura, el canto del canario hicieron a Andrés cerrar los ojos y dormir un rato.
Le despertó la voz del criado, que decía:

—Puede usted pasar a almorzar.

Entró en el comedor. Había en la mesa tres viajantes de comercio. Uno de ellos era un catalán que representaba fábricas de Sabadell; el otro, un riojano que vendía tartratos para los vinos, y el último, un andaluz que vivía en Madrid y corría aparatos eléctricos. El catalán no era tan petulante como la generalidad de sus paisanos del mismo oficio; el riojano no se las echaba de franco ni de bruto, y el andaluz no pretendía ser gracioso.
Estos tres mirlos blancos del comisionismo eran muy anticlericales.

La comida le sorprendió a Andrés, porque no había más que caza y carne. Esto, unido al vino muy alcohólico, tenía que producir una verdadera incandescencia interior. Después de comer, Andrés y los tres viajantes fueron a tomar café al casino. Hacía en la calle un calor espantoso; el aire venía en ráfagas secas como salidas de un horno.

„Hier unten werden wir Sie unterbringen“, und er führte ihn in ein ziemlich grosses Zimmer mit einem Fenster zur Strasse hinaus. Andrés wusch sich und ging von neuem in den Hof. Um ein Uhr ass man. Er setzte sich in einen der Schaukelstühle. Ein Kanarienvogel begann in seinem Käfig, der an der Decke aufgehängt war, geräuschvoll zu zwitschern. Die Einsamkeit, die Frische, der Gesang des Kanarienvogels liessen Andrés die Augen schliessen und eine Weile schlafen. Die Stimmte des Dieners weckte ihn, die sagte:“Sie können kommen und zu Mittag essen.“
Er trat in das Esszimmer ein. Am Tisch sassen drei Handelsreisende. Einer von ihnen war ein Katalane, der die Fabriken von Sabadell vertrat; der andere, aus der Region Rioja, verkaufte Tartrate für den Wein und der letzte, ein Andalusier, lebte in Madrid und brachte elektrische Apparate in Umlauf. Der Katalane war nicht so eitel wie die Allgemeinheit seiner Landsleute mit dem gleichen Gewerbe; der aus Rioja gab sich weder offenherzig noch ungehobelt und der Andalusier beanspruchte nicht, witzig zu sein. Diese drei weissen Raben von Kommissionären waren sehr antiklerikal. Das Essen überraschte Andrés, denn es gab nur Wild und Fleisch. Dies, zusammen mit sehr alkoholhaltigem Wein, musste eine wahrhaftige innere Glut hervorrufen. Nach dem Essen gingen Andrés und die drei Reisenden ins Kasino auf einen Kaffee. Auf der Strasse war es entsetzlich heiss; der Wind kam in trockenen Böen wie aus dem Backofen austretend.

No se podía mirar a derecha y a izquierda; las casas, blancas como la nieve, rebozadas de cal, reverberaban esta luz vívida y cruel hasta dejarle a uno ciego.
Entraron en el casino. Los viajantes pidieron café y jugaron al dominó. Un
enjambre de moscas revoloteaba en el aire. Terminada la partida volvieron a la fonda a dormir la siesta.

Al salir a la calle, la misma bofetada de calor le sorprendió a Andrés; en la fonda los viajantes se fueron a sus cuartos. Andrés hizo lo propio, y se tendió en la cama aletargado. Por el resquicio de las maderas entraba una claridad brillante, como una lámina de oro; de las vigas negras, con los espacios entre una y otra pintados de azul, colgaban telas de araña plateadas. En el patio seguía cantando el canario con su gorjeo chillón, y a cada paso se oían campanadas lentas y tristes...

El mozo de la fonda le había advertido a Hurtado, que si tenía que hablar con
alguno del pueblo no podría verlo, por lo menos, hasta las seis. Al dar esta hora, Andrés salió de casa y se fue a visitar al secretario del Ayuntamiento y al otro médico. El secretario era un tipo un poco petulante, con el pelo negro rizado y los ojos vivos. Se creía un hombre superior, colocado en un medio bajo. El secretario brindó en seguida su protección a Andrés.

Man konnte nicht nach rechts und nach links schauen; die Häuser, weiss wie Schnee, mit Kalk überzogen, reflektierten dieses lebhafte und grausame Licht, bis es einen blind werden liess. Sie traten ins Kasino ein. Die Reisenden bestellten Kaffee und spielten Domino. Ein Fliegenschwarm flatterte in der Luft herum. Nachdem sie die Partie beendet hatten, kehrten sie ins Gasthaus zurück, um Siesta zu halten. Als sie auf die Strasse traten, überraschte Andrés die gleiche Ohrfeige der Hitze; im Gasthaus gingen die Reisenden auf ihre Zimmer. Andrés tat dasselbe und legte sich schläfrig ins Bett. Durch die Ritzen im Holz drang eine glänzende Helligkeit ein, wie eine Goldfolie; von den schwarzen Balken mit blau bemalten Zwischenräumen zwischen dem einen und dem andern, hingen silberne Spinnweben herab. Im Hof sang der Kanarienvogel mit seinem schrillen Zwitschern weiter, und man hörte auf Schritt und Tritt langsame und traurige Glockenschläge...
Der Bursche des Gasthauses hatte Hurtado gewarnt, dass, wenn er mit jemandem aus dem Dorf zu sprechen habe, so könne er ihn nicht sehen, wenigstens bis sechs Uhr. Zu dieser Stunde verliess Andrés das Haus und besuchte den Sekretär des Ratshauses und den anderen Arzt. Der Sekretär war ein etwas mutwilliger Typ, mit schwarzem, gelocktem Haar und lebhaften Augen. Er glaubte, ein überlegener Mensch zu sein, der im unteren Mittel platziert wurde. Sofort bot er Andrés seinen Schutz an.

—Si quiere usted —le dijo— iremos ahora mismo a ver a su compañero, el doctor Sánchez.
—Muy bien, vamos.
El doctor Sánchez vivía cerca, en una casa de aspecto pobre. Era un hombre grueso,
rubio, de ojos azules, inexpresivos, con una cara de carnero, de aire poco inteligente. El doctor Sánchez llevó la conversación a la cuestión de la ganancia, y le dijo a Andrés que no creyera que allí, en Alcolea, se sacaba mucho. Don Tomás, el médico aristócrata del pueblo, se llevaba toda la clientela rica. Don
Tomás Solana era de allí; tenía una casa hermosa, aparatos modernos, relaciones...

—Aquí el titular no puede más que mal vivir —dijo Sánchez.
—¡Qué le vamos a hacer! —murmuró Andrés—. Probaremos.
El secretario, el médico y Andrés salieron de la casa para dar una vuelta. Seguía aquel calor exasperante, aquel aire inflamado y seco. Pasaron por la plaza,
con su iglesia llena de añadidos y composturas, y sus puestos de cosas de hierro y esparto. Siguieron por una calle ancha, de caserones blancos, con su balcón central lleno de geranios, y su reja, afiligranada, con una cruz de Calatrava en lo alto. De los portales se veía el zaguán con un zócalo azul y el suelo empedrado de piedrecitas, formando dibujos.

“Wenn Sie wollen, sagte er zu ihm, „werden wir ihren Kollegen Doktor Sánchez sofort besuchen.“
„Sehr gut, gehen wir.“
Doktor Sánchez wohnte in der Nähe, in einem schäbigen Haus. Er war ein beleibter, blonder Mann, mit blauen, ausdruckslosen Augen, mit einem Hammelgesicht, mit dem Ausdruck geringer Intelligenz. Doktor Sánchez lenkte das Gespräch auf die Frage des Gewinns und sagte zu Andrés, dass er nicht glaube, dass man dort in Alcolea viel herausschlage. Don Tomás, der aristokratische Arzt des Dorfes, nahm die ganze reiche Kundschaft. Don Tomás war von dort, hatte ein schönes Haus, moderne Apparate, Beziehungen...
„Hier kann der ordentliche Arzt nur schlecht leben“, sagte Sánchez.
„Was werden wir tun?“, murmelte Andrés. “Wir werden es versuchen.“
Der Sekretär, der Arzt und Andrés verliessen das Haus, um eine Runde zu drehen. Jene unerträgliche Hitze, jene entzündete, trockene Luft dauerte an. Sie gingen am Platz vorbei, mit seiner Kirche voll mit Hinzugefügtem und Ausbesserungen und ihren Ständen mit Sachen aus Eisen und Espartogras. Sie gingen einer breiten Strasse entlang, mit grossen, weissen Häusern, mit ihrem zentralen Balkon voll mit Geranien, und ihrem filigranen Gitter, das oben ein Kreuz von Calatrava hatte. Von den Toren aus sah man die Vorhalle mit einem blauen Unterbau und den Boden mit Steinchen, die Bilder formten, gepflastert.

Algunas calles extraviadas, con grandes paredones de color de tierra, puertas enormes y ventanas pequeñas, parecían de un pueblo moro. En uno de aquellos patios vio Andrés muchos hombres y mujeres de luto, rezando.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Aquí le llaman un rezo —dijo el secretario; y explicó que era una costumbre que se tenía de ir a las casas donde había muerto alguno a rezar el rosario. Salieron del pueblo por una carretera llena de polvo; las galeras de cuatro ruedas volvían del campo cargadas con montones de gavillas.
—Me gustaría ver el pueblo entero; no me formo idea de su tamaño —dijo Andrés.

—Pues subiremos aquí, a este cerrillo —indicó el secretario.
—Yo les dejo a ustedes, porque tengo que hacer una visita —dijo el médico.
Se despidieron de él, y el secretario y Andrés comenzaron a subir un cerro rojo, que tenía en la cumbre una torre antigua, medio derruida. Hacía un calor horrible, todo el campo parecía quemado, calcinado; el cielo plomizo, con reflejos de cobre, iluminaba los polvorientos viñedos, y el sol se ponía tras de un velo espeso de calina, a través del cual quedaba convertido en un disco blanquecino y sin brillo. Desde lo alto del cerro se veía la llanura cerrada por lomas grises, tostada por el sol; en el fondo, el pueblo inmenso se extendía con sus paredes blancas, sus tejados de color de ceniza, y su torre dorada en medio. Ni un boscaje, ni un árbol, sólo viñedos y viñedos, se divisaban en toda la extensión abarcada por la vista; únicamente dentro de
las tapias de algunos corrales una higuera extendía sus anchas y oscuras hojas.

Einige abgelegene Strassen mit grossen, erdfarbenen Mauern, riesigen Türen und kleinen Fenstern glichen einem maurischen Dorf. In einem jener Höfe sah Andrés viele Männer und Frauen in Trauer, die beteten.
„Was ist das?“, fragte er.
„Hier nennt man das ein Gebet“, sagte der Sekretär; und er erklärte, dass es ein Brauch sei, dass man in die Häuser gehen müsse, wo jemand gestorben sei, um den Rosekranz zu beten. Sie verliessen das Dorf über eine staubige Landstrasse; die vierrädrigen Lastwagen kehrten mit Garben voll beladen vom Feld zurück.
„Ich würde gerne das ganze Dorf sehen, ich habe keine Ahnung von seiner Grösse“, sagte Andrés.
„Dann steigen wir hier dieses Hügelchen hinauf“, meinte der Sekretär.
„Ich verlasse Sie, weil ich einen Besuch machen muss“, sagte der Arzt.
Sie verabschiedeten sich von ihm, und der Sekretär und Andrés begannen, einen roten Hügel, der auf dem Gipfel einen alten, halb zerfallenen Turm hatte, hinaufzusteigen. Es war schrecklich heiss, das ganze Land schien verbrannt, verkohlt; der bleifarbene Himmel mit kupfernen Spiegelungen erleuchtete die staubigen Weinberge, und die Sonne ging hinter einem dicken Dunstschleier unter, durch den sie sich in eine weissliche und glanzlose Scheibe verwandelte. Oben von der Anhöhe aus sah man die Ebene, die durch graue Hügel abgegrenzt wurde und von der Sonne gebräunt worden war; im Hintergrund breitete sich das riesige Dorf aus mit seinen weissen Wänden, seinen aschenfarbenen Dächern und seinem goldenen Turm mitterdrin. Kein Wald, kein Baum, es tauchten nur Weinberge und Weinberge im umfassenden Blickfeld auf; nur innerhalb der Mauern einiger Ställe breitete ein Feigenbaum seine breiten und dunklen Blätter aus.

Con aquella luz del anochecer, el pueblo parecía no tener realidad; se hubiera creído que un soplo de viento lo iba a arrastrar y a deshacer como nube de polvo sobre la tierra enardecida y seca.
En el aire había un olor empireumático, dulce, agradable.
—Están quemando orujo en alguna alquitara —dijo el secretario.
Bajaron el secretario y Andrés del cerrillo. El viento levantaba ráfagas de polvo en
la carretera; las campanas comenzaban a tocar de nuevo. Andrés entró en la fonda a cenar, y salió por la noche. Había refrescado; aquella impresión de irrealidad del pueblo se acentuaba. A un lado y a otro de las calles, languidecían las cansadas lámparas de luz eléctrica.

Salió la luna; la enorme ciudad, con sus fachadas blancas, dormía en el silencio; en
los balcones centrales encima del portón, pintado de azul, brillaban los geranios; las
rejas, con sus cruces, daban una impresión de romanticismo y de misterio, de tapadas y escapatorias de convento; por encima de alguna tapia, brillante de blancura como un témpano de nieve, caía una guirnalda de hiedra negra, y todo este pueblo, grande, desierto, silencioso, bañado por la suave claridad de la luna, parecía un inmenso sepulcro.

In diesem Licht der Abenddämmerung schien das Dorf keine Realität zu haben; man hätte geglaubt, ein Windhauch würde es wie eine Staubwolke über der erhitzten und trockenen Erde mit sich reissen und zerstören. Ein brenzliger, süsser, angenehmer Duft lag in der Luft.
„In irgendeinem Brennkolben verbrennen sie Trester“, sagte der Sekretär.
Der Sekretär und Andrés stiegen vom Hügelchen hinunter. Der Wind erhob Staubböen auf der Landstrasse; die Glocken begannen von neuem zu schlagen. Andrés trat ins Gasthaus ein, um zu Abend zu essen, und nachts ging er aus. Es hatte abgekühlt; jener Eindruck der Irrealität des Dorfes verstärkte sich. Auf der einen und anderen Strassenseite verloren die müden, elektrischen Lampen an Kraft. Der Mond ging auf; die riesige Stadt mit ihren weissen Wänden schlief in Ruhe; auf den zentralen Balkonen über dem blau bemalten Eingangstor glänzten die Geranien; die Gitter mit ihren Kreuzen erweckten einen romantischen und mysteriösen Eindruck wie die Verstecke und Fluchtwege eines Klosters; über einigen wie Schneeschollen weiss glänzenden Mauern befand sich eine schwarze Efeugirlande, und dieses ganze, grosse, verlassene, stille, ins Mondlicht getauchte Dorf erschien wie eine riesige Grabstätte.






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